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domingo, 3 de febrero de 2013

Cuento - Libertad - por Beltrán Faber



Hola Sinérgicos!

¿Cómo están? Nosotros contentos en este comienzo de 2013. Enero se ha ido rápidamente y febrero nos abre sus puertas con nuevas ideas. Esperamos cada vez nos ayuden más a la difusión de este blog, ya sea comentándolo con sus amigos o a través de las redes sociales.

Hoy los dejo con un excelente escrito de nuestro amigos Beltrán Faber. No tenemos más datos de él, así que dejaremos que su obra hable por él:

Con ustedes, Libertad.


Un fuerte golpe lo despierta. Sobresaltado gira su cabeza por detrás del asiento. Observa la puerta que es golpeada repetidamente, cada vez con más fuerza y desesperación. Se tranquiliza. No podrán abrirla. Sonríe al saber que les tomará un par de horas poder mover los enormes muebles que el mismo puso ahí. Se relaja un poco, quiere disfrutar estos últimos momentos en la más completa soledad, en silencio, en una rítmica agonía como música de fondo. Con la mirada barre su cuarto de esquina a esquina. Debe esforzar un poco la vista, pues la oscuridad invade el cuarto, y tan solo unos miserables haces de luz se cuelan por los mal cerrados orificios de la persiana, dejando en descubierto las miles de partículas de polvo que flotan por el cuarto. El cuarto esta destruido, producto de ataques de ira, consecuencias de una locura emergente, de un descontrol insalvable y con una única vía de escape. Sin embargo queda algo que la rabia no ha destruido. La eterna estupidez que emana de un viejo televisor ubicado enfrente de el. Toma el control y comienza a hacer zapping, primero lentamente, luego la velocidad de sus dedos va en aumento, cambiando tan rápido de canal que ya ni siquiera sabe cuál es la programación que ofrece cada uno de ellos. Con cada canal que pasa se va sintiendo aun más solo,  puede sentir como la fiebre va en aumento y sus músculos se van tensando. Absorto en la rabia toma el control y lo lanza en contra de la pantalla, la cual estalla es una mezcla de vidrio y chispas, otorgándole a la habitación un momento de luz y festividad por un par de segundos. Respira profundo, cuenta hasta tres y suspira.  Curva la espalda, para poder alcanzar el suelo con su mano, la cual tantea a ciegas el piso hasta encontrar un objeto oscuro, con mango, y una boquilla alargada. El viejo revólver de su padre. Lo levanta hasta su cabeza, lo observa casi con curiosidad, como un niño pequeño que no sabe si echarse o no un objeto a la boca. Luego, con el, comienza a recorrer su rostro. Parte en la barbilla, luego asciende hasta pasar por la nariz y frente a los ojos, hasta que llega a su sien, a su cabeza, a un punto  mortal.  Aprieta levemente el gatillo. No con miedo, mas bien, como haciendo tiempo, alargando segundos que ya son inútiles y vacíos. Respira profundo.

Presiona el gatillo. La oscuridad es desgarrada por la explosión de pólvora  Oscuridad nuevamente. Silencio total. Los aromas se entremezclan. Se oyen gritos detrás de la puerta. El sonríe tieso.

Por fin era libre.

Por fin había escapado.

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