Hola Sinérgicos!
¿Cómo están? Nosotros contentos en este comienzo de 2013. Enero se ha ido rápidamente y febrero nos abre sus puertas con nuevas ideas. Esperamos cada vez nos ayuden más a la difusión de este blog, ya sea comentándolo con sus amigos o a través de las redes sociales.
Hoy los dejo con un excelente escrito de nuestro amigos Beltrán Faber. No tenemos más datos de él, así que dejaremos que su obra hable por él:
Con ustedes, Libertad.
Un fuerte
golpe lo despierta. Sobresaltado gira su cabeza por detrás del asiento. Observa
la puerta que es golpeada repetidamente, cada vez con más fuerza y
desesperación. Se tranquiliza. No podrán abrirla. Sonríe al saber que les
tomará un par de horas poder mover los enormes muebles que el mismo puso ahí.
Se relaja un poco, quiere disfrutar estos últimos momentos en la más completa
soledad, en silencio, en una rítmica agonía como música de fondo. Con la mirada
barre su cuarto de esquina a esquina. Debe esforzar un poco la vista, pues la
oscuridad invade el cuarto, y tan solo unos miserables haces de luz se cuelan
por los mal cerrados orificios de la persiana, dejando en descubierto las miles
de partículas de polvo que flotan por el cuarto. El cuarto esta destruido,
producto de ataques de ira, consecuencias de una locura emergente, de un
descontrol insalvable y con una única
vía de escape. Sin embargo queda algo que la rabia no ha destruido. La eterna
estupidez que emana de un viejo televisor ubicado enfrente de el. Toma el control y comienza a
hacer zapping, primero lentamente, luego la velocidad de sus dedos va en
aumento, cambiando tan rápido de canal que ya ni siquiera sabe cuál es la
programación que ofrece cada uno de ellos. Con cada canal que pasa se va
sintiendo aun más solo, puede sentir
como la fiebre va en aumento y sus músculos se van tensando. Absorto en la
rabia toma el control y lo lanza en contra de la pantalla, la cual estalla es
una mezcla de vidrio y chispas, otorgándole a la habitación un momento de luz y
festividad por un par de segundos. Respira profundo, cuenta hasta tres y
suspira. Curva la espalda, para poder
alcanzar el suelo con su mano, la cual tantea a ciegas el piso hasta encontrar
un objeto oscuro, con mango, y una boquilla alargada. El viejo revólver de su
padre. Lo levanta hasta su cabeza, lo observa casi con curiosidad, como un niño
pequeño que no sabe si echarse o no un objeto a la boca. Luego, con el,
comienza a recorrer su rostro. Parte en la barbilla, luego asciende hasta pasar
por la nariz y frente a los ojos, hasta que llega a su sien, a su cabeza, a un
punto mortal. Aprieta levemente el gatillo. No con miedo,
mas bien, como haciendo tiempo, alargando segundos que ya son inútiles y vacíos. Respira profundo.
Presiona el
gatillo. La oscuridad es desgarrada por la explosión de pólvora Oscuridad
nuevamente. Silencio total. Los aromas se entremezclan. Se oyen gritos detrás de la puerta. El sonríe tieso.
Por fin era
libre.
Por fin había escapado.

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