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sábado, 8 de diciembre de 2012

Cuento - Jazz - por Mauricio J.S. del Canto



Estimados Sinérgicos:

Nos ha llegado al correo desde Chile este interesante relato por Mauricio J.S. del Canto . De seguro disfrutan de leerlo tanto como nosotros, así que esperamos sus comentarios al final.
Recuerden nuestro correo para enviar cualquier aporte literario es webmaster@efectosinergico.com



Jazz
         

Entró al bar cuando ya estaban a punto de cerrar al público, solamente los puntuales podían acceder al espectáculo. La pesada puerta se cerró atrás de él y automáticamente el olor a tabaco y vainilla penetró hacia sus pulmones. Afuera el viento  había rasgado su paraguas, por lo que, ya no siéndole útil, lo había tirado a un basurero próximo; solo se tenía a sí mismo en un espacio desconocido, turbio y ruidoso.

 Los asistentes lo invadieron con sus acosadoras miradas y sonrisas, se sintió acorralado y también algo abatido. Pero al rato de evitarlos encontró el asiento que había reservado y se refugió en él para pedir un trago al camarero.
 El saxofonista era ciego, su perdida mirada lo delataba ante el curioso bribón, que por supuesto no perdía detalles; el negro hombre permanecía inmóvil a la espera de sus compañeros músicos. La percusionista en tanto probaba cada parte de su conjunto de instrumentos mientras el tecladista, dichoso, mantenía el ambiente con sus acariciantes melodías.
  Marú sintió un sopor por la suavidad del sonido hasta casi caer rendido, pero aún no comenzaban, debía esperar para enterarse si lo que le habían anunciado era cierto. Todo iba acorde a lo dicho: “Un viento sin alcance, manejado por el tacto y el oído. —“El ciego”—; quien recibe la semilla golpea con sus fuertes extremos. —“La hembra”—; y el delicado amante que con sus suaves dedos besa dientes blancos y negros.” — “El seductor pecado”.
 Comenzaron a tocar una melodía de encanto que llevó a todos  a que miraran embobados hacia el escenario. El swing, los zapatos dando saltitos bajo las mesas y los zigzagueos corporales demostraban tal efecto; un estado catártico a través de la música en el que entraban los hombres y mujeres que rodeaban el escenario. Unos segundos más y el trance lo absorbería completamente…
 No podía permitírselo, no estaba ahí para deleitarse con lo bien que parecían acompañar el momento con sus instrumentos. Aguantó las ganas de sacar a alguna dama a bailar, no era el lugar para hacerlo. “Ninguno de ellos es el objetivo, ellos están ahí para ocultarlo, para tentarte”, recordó que le había dicho su maestra.

 Aguzó su audición y todo pareció oscurecer a su alrededor. Solo la música, armoniosa, se sentía como un dulce golpeteo en el tímpano. Pero su mente debía develar algo tras ese goce momentáneo. “Mátala y quédate conmigo”, oyó las palabras de su maestra retumbar ¿Qué estaba haciendo en ese lugar? Lo recordaba aún, debía matar a la marionetista.

 —No, no, no… —“¡No hay tal marionetista, me han usado!”, exclamó hacia sus adentros mientras se ponía de pie.
 Todos lo quedaron mirando anonadados, el silencio maldito engulló todo posible destello de sonido.
 —¿Qué miran? Sigan con lo suyo —ordenó haciendo un gesto despectivo y los presentes dejaron de atender al loco que hablaba solo; la música volvió a sonar.
 Se tragó la copa de un sorbo y fue hacia la barra avergonzado.
 —Un margarita… No, dos —miró hacia su lado.
 El bartender sirvió los dos tragos, uno para Marú y otro para la señorita sentada a su lado. Esta sin mirarlo dijo animosa:
 —Gracias. —Aplaudió dos veces—. Extraña forma de captar mi atención.
 Marú carraspeó.
 —He intentado de varias formas para poder encontrarte. Ninguna destacó por su efectividad. Y aquí te tengo sin hallar que hacer.
 Los finos labios de ella conspiraron en una sonrisa.
 —¿Y si te dijera que no es ella la que te ha mandado en un comienzo? —Derramó el contenido de la copa en el suelo—. Ya ni recuerdas que no bebo.
 Marú entrecerró los ojos para ceñirla con más atención.
 —¿Quién eres, qué intentas…
 De golpe un beso le cortó la palabra, ahí estaba ella con su vestido verde y su mirada inocente.  Ya no tenía porqué evadir su amor, no había razón para matarla.
 —Los encantos se pueden romper ¿sabes? Tú que te fuiste a los brazos de ella, y he aquí que te tengo de vuelta, bribón.


(escrito por Mauricio J. S. del Canto)

¿Comentarios?

8 comentarios:

  1. Un cuento que posee suficiente magia como para invocar las melodías del Swing sin instrumentos...las notas resuenan en cada linea y una vez visto el punto final, los músicos invisibles reciben el merecido aplauso con una reverencia. Siempre será un placer leerte Mauricio :)

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  2. la descrpcion de la banda es perfectamente atrapante -_-

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Me encanta que al leer una historia pueda "ver y "sentir" a los personajes, en pocas lineas lograste ese efecto y describir al protagonista lo suficiente como para que al final, me sorprendiera junto con él y dejándome con el deseo de querer saber más.
    Me gusto mucho y espero seguir leyéndote =)

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  5. La imaginación se ayuda con la excelente descripción de la escena en general...pude hasta sentir el olor a tabaco y vainilla!! muy bien logrado!!....sigue asi!! :D

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