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domingo, 13 de julio de 2014

Gracias por 3 años juntos. Hasta Siempre!

Queridos Sinérgicos:


Han sido tres increíbles años de letras. Desde aquél timido primer post sin saber lo que venía hasta nuestros momentos de mayor afluencia e interacción con ustedes.
Como siempre dije, apoyar la cultura y el arte siempre es difícil en este medio. Me siento completamente orgulloso de haber aportado a su conocimiento literario y ojalá haber inspirado a más de alguno.

Con sus aportes, sin lugar a dudas fueron mi inspiración, tanto personal como literaria.

Hoy, he tomado la difícil decisión de dejar el blog hasta aquí. Temas personales, ustedes saben. Pero recuerden que más allá de esto, Efecto Sinérgico siempre han sido ustedes. Sus escritos, sus lecturas, sus comentarios, sus aportes. Un blog no va a cambiar eso.

Sólo me queda darles las gracias a todos y cada uno de los colaboradores. A Romina, mi partner y sin sus aportes literarios y diseño este blog nunca habría tenido lo que tuvo. A Bonnewelle, por su inspiración y apoyo en los primeros momentos del blog. A Sergio, cuyos microcuentos y alegría contagió a más de alguno. Y finalmente a la siempre activa Romy Riq, que logró crear los contenidos del blog hasta este final.

¿Qué pasará con lo que aquí está?
Pues bien, he renovado el dominio por un año más, para que puedan disfrutar de lo que aquí hemos subido en sus distintas secciones. Lo más bonito que podría ocurrir es que leyeran. Que comentaran. Que compartieran.
Así y sólo así Efecto Sinérgico habrá logrado darle sentido a su nombre.


Hasta siempre, a través de las letras.
Pablo Aravena
Webmaster - Autor de Efecto Sinérgico.

miércoles, 2 de julio de 2014

Escribir por Susan Sontag

Leer novelas me parece una actividad de lo más normal; escribirlas, en cambio, es algo tan extraño… Eso, al menos, es lo que pienso, hasta que recuerdo la solidez con la que una y otra se relacionan. (No hay aquí generalidades con blindaje. Sólo unas cuantas observaciones).
En primer lugar, porque escribir es practicar, con singular intensidad y atención, el arte de la lectura. Escribes a fin de leer lo que has escrito, revisar si está bien, y como nunca lo está, desde luego, para reescribirlo: una, dos, tantas veces como sea necesario, hasta obtener algo cuya relectura puedas admitir. Uno mismo es su primer lector, tal vez el más estricto. “Escribir es someterse al juicio de sí mismo”, anotó Ibsen en la cubierta de uno de sus libros. Difícil imaginar la escritura sin la relectura.
Pero, ¿acaso lo que uno escribe de una tirada nunca está del todo bien? Sí, claro: a veces, incluso más que bien. Lo cual sólo sugiere, al menos para esta novelista, que en un examen más atento o en voz alta —es decir, en otra lectura—, podría ser todavía mejor. No digo que el escritor deba preocuparse y sudar a fin de producir algo bueno. “Lo que se ha escrito sin esfuerzo, en general, es leído sin placer”, dijo el doctor Johnson, y la máxima parece tan alejada del gusto contemporáneo como su autor. Sin duda, mucho de lo que se ha escrito sin esfuerzo entrega placer en abundancia. No, la cuestión no es el juicio de los lectores —que bien pueden preferir la obra de un escritor más espontáneo, menos elaborado—, sino un sentimiento de los escritores, esos profesionales de la insatisfacción. Uno piensa: si puedo alcanzar este punto en la primera vuelta, sin demasiado esfuerzo, ¿no podría ser todavía mejor?
Y aunque esto, la reescritura —y la relectura— suenan como un esfuerzo, constituyen de hecho la parte más placentera de la escritura. A veces, la única parte placentera. Al ponerse a escribir, si uno tiene presente la idea de la “literatura”, resulta formidable, intimidante. Una inmersión en un lago helado. Después viene la parte cálida: cuando ya tienes algo que trabajar, mejorar, editar.
Digamos que es una mezcolanza. Pero tienes la oportunidad de arreglarla. Intentas ser más claro. O más profundo. O más elocuente. O más excéntrico. Intentas ser fiel a un mundo. Quieres que el libro sea más amplio, que tenga más valía. Quieres elevarte por encima de ti mismo. Quieres elevar el libro por encima de las barreras de tu mente. Así como la estatua se encuentra sepultada dentro del bloque de mármol, la novela se encuentra dentro de tu cabeza. Intentas liberarla. Intentas llevar la materia desdichada de la página más cerca de lo que piensas que tu libro debiera ser: lo que sabes, en tus espasmos de exaltación, que puede ser. Lees las oraciones una y otra vez. ¿Éste es el libro que yo estoy escribiendo? ¿Esto es todo?.
Escribir consiste, a fin de cuentas, en una serie de licencias que uno se da a sí mismo para ser expresivo en ciertas formas. Para inventar. Para saltar. Para volar. Para caer. Para encontrar tu propia manera de narrar y de insistir; o sea, para encontrar tu propia, íntima libertad. Para exigirte, sin desollarte demasiado. Sin detenerte a releer con demasiada frecuencia. Permitirte, si te atreves a pensar que fluye bien (o no del todo mal), sencillamente continuar remando. Sin esperar el impulso de la inspiración.


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